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Written By ghostwriter

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En Cuatepevera, Veracruz, hay un puente viejo, gastado por los años y la indiferencia de la gente.

Miles de carros lo cruzan todos los días sin saber que bajo sus ruedas se esconde una historia maldita.

Una historia que pocos se atreven a contar… pero que los viejos aún susurran cuando cae la noche.

Dicen que hace muchos años, Don Francisco Fernández de la Igadera, dueño de una gran finca en esas tierras, se encontró con el mismísimo Diablo.

No fue un encuentro casual; Satanás lo estaba esperando.

—Te ofrezco un trato —le dijo la voz profunda y ardiente del Demonio—.

Te construiré un puente fuerte, imponente, uno que resista el paso del tiempo y de las aguas bravas del río.

Pero a cambio… me darás tu alma.

Don Francisco, hombre de ambición desmedida, llevaba tiempo deseando ese puente.

Lo pensó por un momento, sintiendo el peso del pacto, y luego, con la astucia de los hombres que han engañado más de una vez, puso una condición: —Acepto, pero el puente debe estar terminado antes de que el gallo cante al amanecer.

El Diablo sonrió con esos dientes negros como el abismo y aceptó el desafío.

Al instante, la tierra tembló y de las sombras salieron criaturas horribles, deformes, bestias que no pertenecían a este mundo.

Bajo la luz mortecina de la luna, comenzaron a trabajar.

Piedra tras piedra, martillazos sin descanso, huesos crujientes mezclándose con el eco de la noche.

Las horas avanzaban y el puente tomaba forma con una rapidez aterradora.

Don Francisco, viendo que el Demonio estaba a punto de ganar, sintió el pánico recorrerle la espalda.

No podía perder su alma.

Así que, en un acto de desesperación, despertó a su peón más fiel y le ordenó lo impensable: —Ve al gallinero y haz que el gallo cante antes del amanecer.

El peón, temblando de miedo, corrió y acercó un candil encendido al gallo dormido.

El animal, confundido y asustado por la luz repentina, soltó un estridente ¡Cacaracó!

El canto resonó en la noche.

El Diablo, que estaba colocando la última piedra, se congeló en seco.

Sus ojos ardieron con furia al ver que su obra no estaba terminada.

Había perdido.

Le habían engañado.

En un arrebato de ira, rugió con un sonido que hizo temblar la tierra.

Sus garras se clavaron en las piedras del puente, queriendo destruirlo, hacerlo polvo.

Pero los cimientos eran fuertes, demasiado fuertes, y solo logró dejar sus marcas, esos surcos oscuros que aún hoy pueden verse si uno mira con atención.

Dicen que, desde entonces, cada medianoche, si te quedas en silencio en el puente, puedes escuchar un susurro entre el viento.

Una voz grave, enfurecida, maldiciendo el nombre de Don Francisco.

El Diablo nunca olvida.

Y menos cuando lo han engañado.

Por eso, ese lugar es conocido por todos con el mismo nombre: El Puente del Diablo.

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