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Written By TerrorHub
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Written By TerrorHub
Un extraño animal cuida la frontera de Estados Unidos.
Soy pollero, me dedico a cruzar gente y quiero contar mi historia.
En este negocio, uno cobra lo que quiere.
Puedes sacarle todo el dinero que quieras a la gente, porque, al final del día, ellos necesitan cruzar más de lo que tú necesitas llevarlos.
Claro, no es tan fácil como parece.
Tengo que pagar cuota, ya sabes, a los que controlan el negocio… y también a la misma policía.
Además, tengo que ganarme lo mío.
Mis servicios no son baratos.
En el desierto de Arizona hay una zona con menos presencia de la patrulla fronteriza.
Es una ruta peligrosa, pero a veces es la única opción.
Ahí vive un animal extraño, un ser que los gringos llaman skinwalker.
No me gusta cruzar por ahí, pero en el 2015 no tuve opción.
Esa vez llevaba a once hombres, tres mujeres y dos niños que iban solos.
Caminar por el desierto es una chingadera.
Hay serpientes de cascabel, gatos monteses y otras alimañas.
Pero lo peor son los felinos grandes.
Cuando tienen hambre, son cabrones.
Siempre hay que estar atentos, evitar sus territorios, desviarse si es necesario.
Eso hace la ruta más larga, más cansada.
Además, hay zonas empinadas, el suelo está lleno de piedras y es fácil tropezarse.
El tercer día empezaron los problemas.
Algunos confiaron demasiado y llevaron poca agua.
No compartieron con nadie.
En el desierto, un trago que das es un trago menos para ti.
No podemos retrasarnos por nada.
Si alguien no puede seguir, se queda atrás.
No importa si es mujer o niño, o te acoplas o te mueres.
El cuarto día, la desesperación pegó fuerte.
No teníamos suficiente agua ni comida.
Los tranquilicé diciéndoles que en la tarde llegaríamos a un lugar donde había galones escondidos entre las rocas.
Nos faltaban seis kilómetros para llegar cuando una de las mujeres tropezó y se jodió la pierna.
No pudo seguir.
Esperamos veinte minutos, pero al final la dejamos ahí.
Cuando llegamos al punto donde debía estar el agua, nos encontramos con que los galones estaban rotos.
No había ni una gota.
La patrulla fronteriza los había encontrado antes y los destrozó.
No quedaba otra que seguir caminando.
Las cosas se pusieron peor.
Más adelante nos descubrió la migra.
No había tiempo para pensar, la única opción fue correr.
Los niños no podían seguir el paso y entraron en pánico.
Sabían que si los atrapaban no solo perderían el dinero que habían pagado sus familias, sino que también podían terminar fichados o pasar meses en la cárcel.
Corrimos hasta que logramos escapar.
Pero ahora solo quedaba sobrevivir.
Atravesar esa zona nos tomaría un día entero.
Descansamos un rato, pero no era momento para hablar.
Apenas retomamos el camino y a los diez minutos encontramos restos humanos.
Alguien se asustó y empezó a llorar, pero le dije que en ese punto ya no había forma de regresar.
Si entraban en pánico, solo iba a ser peor.
Después de una hora sin agua, decidí arriesgarme.
Nos desviamos a un charco que conocía.
Era pequeño y el agua tardaba días en formarse, venía del subsuelo.
Cuando llegamos, la gente hizo cara de asco.
El agua estaba estancada, tenía un tono verdoso y olía a podrido.
Pero era eso o morirse.
Un hombre mayor se negó a tomarla.
Se sentó en una piedra y no dijo nada más.
Me di cuenta de que se quitó las botas y sus pies estaban llenos de ampollas reventadas, la carne enrojecida, abierta.
No podía seguir.
Unas horas después, escuchamos su grito.
El desierto se lo tragó.
Nadie preguntó nada.
Algunos lloraron, pero más por miedo que por tristeza.
Cuando cayó la noche, me di cuenta de que algo nos estaba rodeando.
Algo nos esperaba en la bajada.
Le dije a la gente que se detuviera.
Tenía que pensar.
No podía verlo porque se camuflajeaba con la arena, pero lo escuchaba.
Un ruido agudo, como un chillido largo y espaciado.
Sabía lo que era.
Y sabía que alguien tenía que distraerlo.
Había un muchacho en el grupo.
No tenía familia en Estados Unidos.
Ya me había pagado todo el dinero.
Lo separé del grupo y le dije lo que tenía que hacer.
Se negó.
Le dije que si lo hacía, le devolvería la mitad de su dinero.
Por dentro, sabía que era imposible que se salvara.
El chico empezó a correr en dirección contraria.
Cuando estuvo lejos, les dije a los demás que era momento de escapar.
No entendieron hasta que lo escucharon gritar pidiendo ayuda.
No miramos atrás.
Solo oímos su último alarido.
Nos tomó otro día salir del desierto, pero sobrevivimos.
Sé que algunos dirán que soy un cabrón, pero si no hubiera hecho eso, todos habríamos muerto.
El desierto no perdona.
No le recomiendo a nadie que cruce por ahí.
Pero si lo van a hacer, pregunten primero si van a pasar por la zona del Nagual.